Una vida sin títulos

Jorge Andere

Fragmento 

Después de un libro para ayudar a vivir, Tambores tocando la vida, y una primera novela, Fuegos Fatuos, Jorge Andere se lanza desde aquí, como quien se tira un clavado con dos o tres grados de dificultad, a las profundas aguas de sus experiencias personales. Los aconteceres autobiográficos, la historia parcelada de su vida, son más bien un pretexto -y no al revés- para elaborar una novela que se independiza del autor en el acto mismo de contarla: a sabiendas que de otros, los receptores de la narración, la haremos nuestra y descubriremos en ella, a través de ella, el particular contorno del ser humano que somos. La literatura es finalmente eso: una manera de rastrear y perseguir a la persona dentro de la circunstancia que la envuelve. El novelista suele saquear la realidad -la realidad que capta de continuo- y a partir de ese conocimiento adquirido construye, con los seres que palpa, que quiere, que admira, que aborrece, que inventa, una historia de ficción siempre agarrada a la raíz de la existencia. Lo quiera o no, el novelista se proyecta irremediablemente en su literatura. El reverso del fenómeno ocurre cuando ese mismo escritor arranca de cuajo su propia vida para novelarla. Entonces el material autobiográfico se transforma en una sustancia plástica, asombrosamente maleable, que propicia la identificación del lector con los avatares del protagonista. Tal es el caso de Una vida sin títulos, esta obra valiente, dolorosa y real de Jorge Andere en la que podemos reconocernos como compañeros de viaje. Su temeridad reside en que el autor se muestra de cuerpo entero, “a calzón quitado” según reza el dicho vulgar. Y no lo hace para presumir de audacias sino para asumirse como el ser humano a quien no le queda más remedio de vivir lo que vive. Vivir en libertad, por supuesto, con entero libre albedrío, sin la facilidad con que el destino trágico de los personajes griegos les permitía ceder al fatalismo irremediable. Más bien con la conciencia despierta, en continuo proceso de quien elige y cambia, de quien tropieza y se levanta, de quien enfrenta el desastre y crece renaciendo. Literariamente hablando, es novelística la vida narrada en ese libro jamás complaciente, nunca pesimista. Una aventura del joven que camina y aprende, del hombre maduro que aprendiendo camina, del protagonista pronto a la reflexión, acompañado o acosado de continuo por quienes lo impelen a reflexionar para vivir. Una vida tal cual, podría decirse. Apasionante por eso: porque su personaje avanza y se zangolotea y se pregunta y descubre veredas y compañías y voces y luces y sombras y futuros. Una vida tal cual, insisto. Adaptable a la de cualquier lector pese a lo diferente o distante que sea en lo personalmente anecdótico. Una vida-novela porque su autor sabe economizar informaciones pueriles y distraerlas en vistas a lo que merece ser contado o sensibilizado para que la experiencia asumida prive sobre la precisión biográfica. Respetuoso de los suyos el autor. Generoso con los acompañantes de vida. Profundo en la intención primordial de contagiar optimismo y esperanza. Una vida de conversión con momentos narrativos de buena ley literaria: los que dan cuenta de un terrible accidente que arroja al protagonista a una muerte a la que vence, o la invención de un futuro poco menos que idílico: sublimación cabal. Debe agradecerse a Jorge Andere el regalo de este trozo de vida. Por su sinceridad. Por su arrojo. Por su temple literario. Del prólogo de Vicente Leñero.