Los lentes anamórficos

Gerardo Ponce de León

Fragmento 

Me gusta este pueblo, que a la distancia parece haber erradicado las diferencias sociales, el mal gusto arquitectónico y el ajetreo de la vida cotidiana. Caminar por la playa, donde al océano le falta violencia y tiempo para machacar la burda arena de guijarros. Escuchar las olas de aguas frías que preservan el paisaje de bañistas remojados. Recorrer sus calles sin pavimento, que durante el verano se tiñen de verde, hasta adelgazar por la mitad el camino de terracería. Explorar las noches sin luna para mirar la vía láctea, que antes conocía sólo por referencia mitológica. Cortar las frutas que crecen en los árboles y comerlas sin temor a represalias. La sensación de tenerlo todo sin tener que comprar nada. El color de la cerveza en verano y la espuma amarga del café en el invierno. Me gusta la ingenuidad de sus habitantes y la forma que tienen de mostrar las encías al sonreír, obscurecidas, según dicen, por cocinar con utensilios de barro. También los ruidos que hacen los insectos por la noche y el crepitar de la madera al consumirse en la hoguera. Me complace que las manecillas del reloj se muevan aquí con mayor lentitud que en cualquier otra parte del mundo. Observar al gato de la vecina, que se acicala sobre el alféizar de la ventana. Escuchar el ruido de la lluvia cuando golpea sobre el tejado y el silbido del viento al colarse por las rendijas. También el crujir de las hojas secas al pisarlas y el aroma del césped recién cortado. Las historias de aparecidos que cuentan las viejas y la manera que tienen de narrar los hechos, porque no hay forma de saber si lo dicen en serio o sólo por espantar a los niños. Me gustan las tardes de abril, especialmente cuando hay volantines surcando el cielo y pasear en bicicleta por la carretera vacía, sintiendo el viento sobre mi rostro. Me habría gustado también, evadir la certeza de una vigilia indeseada. Y es que cada mañana, despierto sobre este lecho donde sólo mi cuerpo se oculta bajo las sábanas. Hago un esfuerzo por levantarme y ejecutar los rituales cotidianos que llevo a cabo mediante repeticiones mecánicas tan apartadas del pensamiento, que en ocasiones me sorprendo pasando de puntillas frente a la habitación de los niños o colocando sus cubiertos sobre la mesa. 

La casa se ha convertido en un museo cuyo único visitante recorre con desgano sus habitaciones vacías. Las camas tendidas y los juguetes ordenados confieren a este espacio un ambiente espectral. Todos los días continúan allí, en el mismo sitio de ayer, de la semana anterior, del mes pasado. El sonido de mis pasos en el corredor, el golpeteo de mis manos sobre el teclado y las palabras que ocasionalmente escapan por mis labios, todo irrumpe con violencia en un espacio donde el tiempo se ha empeñado en detenerse. Inadvertidamente, he dejado de usar zapatos y hace meses que no prendo el televisor. Tengo la impresión que de continuar así, mi cuerpo perderá toda solidez, desvaneciéndose en algún material traslúcido y etéreo. A veces, cuando me encuentro de espaldas sobre la cama y fijo la mirada en algún punto del techo, los muros escapan al rabillo del ojo transformando esa porción de cemento pintado en un albor sin límites que no obstante su simpleza y su desnudez, representa un espacio incomparablemente más acogedor que el resto de la casa. Es entonces cuando mi atención consigue apartar la vista del pasado y el tiempo escapa a la tediosa rutina, eliminando generosamente dos o tres horas de un solo golpe. Y es que hay tantas cosas muertas en la memoria, que no entiendo como hay espacio para guardarlas todas. Muertas están mi vida familiar y las tardes lluviosas. Muertos también los días de verano y los amigos del colegio. Muertos los fresnos del parque y los acordes del organillo. Muertas las quietas aguas del lago, las tormentas eléctricas y los vientos del sur. Y todos los muertos, con sus altares de oropel y cartulina, sus ofrendas de flores y frutas coronados por la tibia luz de las velas y de los cirios, están sepultados aquí, en el cementerio de mi memoria. De vez en cuando desentierro alguno para sacudirle el olvido, pero invariablemente me miran con sus cuencas vacías y rostros desencajados que reflejan tristemente la añoranza de otros tiempos. En cuanto al futuro, no veo más allá de lo inmediato y como el alcohólico que deja de beber sólo por hoy, me despreocupo por aquello que no ha de afectarme en el corto plazo. Me abandono en un presente continuo donde convergen los más amplios extremos, porque el tiempo que yo mido no es el juego de luces y sombras que emprende la Tierra al girar, ni tampoco el que señala a los mahometanos el inicio del Ramadán. Mi tiempo es el tiempo real; interminable en el velatorio, imperceptible en los amoríos. Se mide con los latidos del corazón y las divagaciones de la mente. Se lee con el alma y se expresa en el viento. Mi tiempo es asfixiante en los exámenes y decisivo en las revoluciones. Para unos tiene el rostro de la hidra, la luminosidad del ángel para otros. Resulta indispensable para los mundanos, quimérico para los idealistas. En los vagabundos es infértil, indiferente en los niños. Los suicidas lo han agotado y los ancianos ya no lo recuerdan. Se trata, en suma, de un tiempo irrepetible que nada sabe de fechas ni distancias.