Herzlos

M.R. Márquez

Fragmento 


Alguna vez escuché por ahí que las personas somos circunstanciales, que algunas aparecemos en la vida de alguien más, aunque sea por un minuto con una intención que ni nosotros mismos conocemos, que estamos para enseñarnos los unos a los otros determinadas cosas; o bien para ayudarnos sin siquiera estar conscientes de ello, el día que todo esto comenzó me seguía pareciendo un cuento chino, la verdad… ya no sé ni qué pensar.

Alguna vez admiré el coraje de mi hermano Eikka, ese coraje que extrañamente le daba el valor de hacer cosas que asombrarían a cualquiera, ese coraje que lo llevaba a defender a alguien sin medir las consecuencias; es el mismo coraje que me hace estremecer cuando tengo que enfrentarlo y me hace querer desaparecer para no enterarme de lo mucho o poco que pueda hacer, es el mismo coraje que busco pero no he podido encontrar en mí.

Tiempo y lugar equivocados, cita fatal del destino, accidente, atentado, así tenía que ser… ya que más me da, a veces pienso que no debíamos estar ahí, a veces me pregunto por qué de todos los lugares del mundo que hay para entretenerse fuimos a caer ahí; después de todo nunca me gustaron los trenes, cualquier cosa que pueda parecerlo me resultaba un tanto aterradora, pero igualmente a Eikka le importaba poco lo que a mí pudiese asustarme, siempre dijo que la mejor forma de enfrentarse al miedo es verlo a la cara y hacer exactamente todo aquello que nos da miedo…

Tal vez, después de todo, había una razón en mí para temer…

¿Crees en los ángeles? Si lo haces… ¿crees que tienen la forma de niños pequeños con alitas llenas de plumas blancas, o son más bien seres perfectos, llenos de luz y belleza incomparables?… ¿Existen? ¿Son inalcanzables? ¿Son más bien invisibles? ¿Siempre están ahí pero no se dejan ver? Y si no podemos verlos… ¿Cómo podemos saber que están ahí? 

Yo no debería de estar aquí, por alguna razón me considero atrapado en este mundo, en esta especie de vida extraña que me ha tocado ¿vivir? puedo hacer que me vean cuando quiera y si no lo deseo puedo simplemente desaparecer, no es nada cómodo estar así, no lo niego tiene sus ventajas pero al mismo tiempo puede resultar sumamente doloroso; duele conocer realmente a las personas, duele ver más allá de sus palabras, duele conocer sus intenciones, y, más allá de eso, duele saber que podemos ayudarlos y podemos destruirlos, por mi parte estoy del primer lado, espero un día terminar con todo esto, olvidarme de las reglas y poder permanecer en un solo lugar en el que pueda finalmente descansar.

El día que todo esto comenzó conocí a Lian una chica en la misma situación en la que Eikka y yo habíamos caído, o al menos eso creía, ella se convirtió en algo así como un maestro, nos habló de las reglas, esas reglas que nadie sabe porqué las sigue pero lo hacemos; nos da miedo caer del “otro lado”.

Nos enseñó a acercarnos a las personas para ayudarlas, nos dijo exactamente qué hacer y nos consoló por todo lo que había ocurrido, esto no parecía ser tan malo y mientras no me sintiera solo no había nada que no pudiera soportar… pero tú… Eikka lo dejaste sin explicación alguna, te dejaste envolver, fuiste seducido y al final… caíste del otro lado.

— ¿Y qué hago yo? Si no puedo perdonarte, si no comprendo lo que pasó, si no acepto lo que eres, si me niego a creer que siempre has sido así, si quiero protegerte y ahora me es prohibido verte…

—Mal por ti hermanito, muy mal por ti, deberías aprenderte las bellas reglas que se imponen para poder seguir flagelándote, al final del día, de la manera más placentera que puedas encontrar… ¿Protegerme? Acaso quieres protegerme, ¿y cómo lo vas a hacer si ni siquiera puedes protegerte? Además, ¿de qué rayos quieres protegerme?, ¿de ustedes?... haznos un favor a ambos y déjate de estupideces que tengo muchas cosas de que ocuparme.

— ¡Eikka! 

Lo vi marcharse sin remordimiento, si no tuviera esa expresión fría que ahora tiene juraría que es mi reflejo, ya no puedo verme en el espejo, mi reflejo es el mismo que él puede ver en el espejo… mi hermano gemelo. 

Decidí marcharme, no podía quedarme parado ahí como un completo idiota sin entender todo lo que sucedía, tomé mis cosas y volví con Lian, de alguna extraña manera ella sigue siendo un buen consuelo a toda esta situación.

—Lo volviste a ver —dijo apenas atravesé la puerta, o esta chica puede olerlo, o es demasiado sensible.

—Sí —respondí a regañadientes.

— ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Deja de buscarlo, eso sólo te hará daño, él ya no es quien tú creías.

—Él es mi hermano, y si hay algo que yo pueda hacer para ayudarlo o él pueda decir para hacer que yo lo entienda… 

Me quedé sin más palabras, ahora sí que no tenía mucho que decir, si él tuviera algo que decir ya lo habría hecho, pensé.

—Te estás engañando —respondió Lian –. Te estás empeñando en algo que no es, y no va a ser. —Lian colocó su mano sobre mi cabeza y tras acariciarla se retiró sin mayor aspaviento.

¿No es? Tal vez sea necio pero sigo rehusándome a pensar que quien alguna vez fue mi mejor amigo ahora sea una persona tan despreciable, tomé asiento en el sofá de la sala, parecía tan acogedor que no pude evitar acurrucarme, miré a mi alrededor y noté el espejo sobre la cantina de Lian, me quedé quieto observando mi reflejo, pude ver mis piernas flexionadas sobre el brazo del sofá, mis manos pálidas y visiblemente frágiles colocadas sobre mi cuerpo, no quise ver mi rostro en el reflejo así que hice lo posible por evitarlo, no quería revivir aquel momento en el que Eikka apareció frente a mí justo cuando contemplaba mi rostro en el aparador, me incorporé y caminé hacia la cantina, observé las botellas sobre la charola y tomé una copa de cristal, la revisé cuidadosamente y me quedé pensando…

¿Para qué tendrá Lian licor si no podemos saborearlo? Serví Cognac en la copa que sostenía en mi mano y lo probé a sorbos… nada, no sabía a nada, mi sentido del gusto estaba totalmente atrofiado.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Lian desde las escaleras.

—Nada, yo… —Observé a Lian detenidamente… sería posible que ella pudiese saborearlo –. Oye Lian, ¿te gusta el licor? —pregunté ansioso de escuchar que sólo yo tenía ese problema.

— ¿Pero qué estás diciendo…? —respondió visiblemente irritada –. Me gustaba… ahora no sabe a nada… tú lo sabes también, ¿no es así? 

Su actitud cambió de repente, su rostro se tornó amable y apacible, supongo que el recuerdo de aquel placer mundano la ponía nostálgica.

—Sí, no sabe a nada. —Bebí el sobrante en la copa mientras Lian se acomodaba en el sofá que me refugiase apenas unos minutos atrás.

— ¿Pasa algo? —me preguntó pensativa.

—Nunca lo he preguntado pero… ¿cómo fue? Quiero decir, ¿qué pasó contigo? 

— ¿Mi muerte?