Fuegos Fatuos

Jorge Andere

Fragmento 

Soy Alberto. Dicen mis hermanos que el tío Rolando sólo a mí y a mis amigos más cercanos nos invitaba a su casa cuando éramos niños. Apenas me acuerdo, pero tengo un par de cosas grabadas en la memoria: él me enseñó desde chavo a meditar, me llamaba la atención su temascal, que para mí era como una cueva llena de misterio. Y su forma de pintar: salir los sábados, desde temprano, a practicar el dibujo con él; recuerdo que nos llevaba a dibujar las torres de Satélite, no tan fáciles como parecen, el mercado de Tepoztlán, los árboles y fuentes de Chapultepec, las calles de Coyoacán con sus globeros y sus empedrados, cerca de donde vivía… otras veces, nos ponía toda clase de frutas en la mesa, junto a vasos de cristal, jarras de barro y de cobre; a veces, flores para que copiáramos del natural la vida de las naturalezas muertas. -¡A darle, chamacos! Nos daba más chance con el lápiz y el carbón, que con la acuarela y el óleo, que para mí, eran como tentaciones del color; a ratos, me dejaba usar su gran paleta, para sentir la untuosidad de las pinturas al óleo, en el orden que debían ir: azul de Prusia, azul cobalto, ultramar, verde musgo, verde veronés, ocre, amarillo de Nápoles, amarillo limón, las tierras: Siena, tierra natural, tierra de sombra, Siena tostada… bermellón, carmín, amarillo, blanco…¡tantos colores! -El negro no se usa en la paleta. Los que usan negro no saben que en la naturaleza el negro no existe; es ausencia del color. Cuando quieras una sombra muy oscura: un cielo sin luna, un mar borrascoso, un toro de lidia, una cueva, mezcla azul de Prusia con tierra de sombra. Si andaba en buena onda, sacaba sus pinceles y espátulas. -Pruébalos, siéntete libre, “botas”… sólo cuídalos, no los apelmaces, no los impregnes, usa la punta, enjuágalos con aguarrás… Me llamaba “El botas”, porque de niño tuve que usar botines, para corregir un defecto de dirección en mis pies. Recuerdo que también me enseñó a tocar la armónica… Yo no me daba cuenta de su cariño especial, hasta que un día mis hermanos, con cierta envidia, me dijeron “Te crees mucho porque al único que invita el tío a su casa es a ti”. No lo creía, pero pude confirmarlo cuando, hará tres años, me dijo que en caso de morir me pedía que me hiciera cargo de todos sus escritos y recuerdos. La neta, pensé que estaba bromeando. -(¿Qué le pasa a mi tío? ¿Se volvió loco?) La verdad, sí fui yo quien, al pasar del tiempo, entre todos los hermanos, pudo abrir los secretos del tío Rolando. No pude quedarme nomás así. Se me ocurrió la idea de hacer, de acomodar esta aventura. No soy yo el creador; sólo soy el compilador de un montón de escritos que muchas veces, ni firma tienen; tuve que hacer una labor de mago-detective para adivinar quién escribe, para identificar los personajes, para armar las historias. Son varias manos las que, en realidad han escrito lo que el lector leerá. No formo parte del “grupo de la chimenea”; al escribir bajo la pluma de un mismo personaje, prestándole mi nombre, intento simplificar y unificar esa ebullición de sentimientos, ese maremagno de ideas, esa galería de estilos, tan diversos y tan unidos al mismo tiempo. Alberto es un símbolo, más que un personaje real. Ni siquiera conocí a los hijos de los protagonistas de esta historia, que deben andar por mi edad; no conocí a los personajes, ni tenía idea de este mundo de mi tío, ni pasaba por mi imaginación tanta gente tan solitaria y medio loca y para acabarla de fregar, mi experiencia de veintidós años me obliga ahora a vivir otros tiempos, a actuar otras personalidades, a fingir otros lenguajes, para que estas páginas reflejen lo mejor posible la personalidad de sus héroes. ¿Qué podría yo escribir de las vivencias de esta gente, de sus andanzas, de sus crisis y tribulaciones, de sus malas copas, de sus quiebres y divorcios, cuando yo todavía soy un soltero ferviente de los antros? De pronto, el entusiasmo o la empatía momentánea con algún lance me hacen meter mi cuchara y darme a interpretar y hasta ponerle algo de mi cosecha; me tomo ese derecho… Mi decisión fue respetar el contenido, más que preocuparme por el autor; quien me ayudó a verificar la corrección e historicidad de lo que escribí fue Raymundo; aunque, a la postre, sus correcciones fueron más de forma que de fondo. He de confesar, sin embargo, que las discusiones y los amoríos de pronto me parecían enormemente parecidos a los diálogos que tenemos en los antros los cuates de mi edad, ¿será que cada vez que alguien se quiebra, sin importar la edad, se vuelve a inventar? Pude constatar que a lo largo de la vida se viven nuevas adolescencias y se experimentan nuevas locuras… No lo sé con exactitud; todavía no me toca, pero por los testimonios que recogí, es así como fue en este puñado de antropoides solitarios que se llaman a sí mismos “el grupo de la chimenea”. Como el lector advertirá, la autoría de Raymundo es la más abundante y fidedigna; él llevaba un diario; algunas veces se identifica con claridad el estilo de Pamela y a veces, algunas notas claramente son de mi tío Rolando. Rara vez me aventé con algunos comentarios y casi al final me dieron ganas de escribir algo personal sobre mi tío quien fue para mí como mi padre… Se me salen las de llorar ahorita que lo digo… Déjenme contarles que mi madre, Lupe, se casó dos veces y yo soy hijo del segundo matrimonio; mis hermanastros eran mayores y mi padre también; él ya murió, pero nunca tuve unas vacaciones con él, porque trabajaba un resto… de hecho la imagen que me queda de él es la de un hombre my, pero muy trabajador.