Era un bosque

Luis Tamargo

Relato

 

Luis Tamargo Alonso viene desde la poesía al relato, que es un camino donde se cruzan  a  menudo ambos géneros. El poema y el cuento viven del ritmo y de la musicalidad, El aliento poético esta presente  en este libro, como si la  savia de los árboles que aparecen con tanta frecuencia en “Son relatos,” viniera de atrás, de su primera publicación, “Escritos Para Vivir”. Los árboles de Luis Tamargo forman también su bosque particular: “Era un bosque, diríase que unido, si uno se iba acercando.” Árboles con nombre propio, que incluso pueden llamarse Pablo…Hayas, tilos, sauces, eucaliptos, abedules, fresnos, rumorean aquí a sus anchas. La lluvia, los árboles, el viento, la nieve y  los ríos  dejan al paisaje en un lugar, no sólo descriptivo, sino de auténtico protagonismo. 

La voz narradora llega más lejos y, en un logro de captación muy sugerente, sacrifica la cama  donde nació, la cama de nogal de sus padres, y acaba dejándola en medio del bosque, cuando las necesidades de espacio de su familia le fuerzan a deshacerse de ella. Había que dejar espacio libre en el dormitorio, porque los mellizos estaban a punto de nacer…  El hombre no la olvida y acude a  visitarla con frecuencia: “En la frondosidad del bosque, la cama de mis padres descansa plácida y señorial, custodiada por ejércitos de acebos que velan un sueño, de vez en cuando interrumpido tan solo por el canto apagado de un búho distraído.”

En “La casa rosa” el color obsesivo llena y desborda hasta el último rincón de aquel lugar.  “También las alfombras quedaron rosas, los interruptores, la gigantesca lámpara de perlas que presidía el comedor, lágrima a lágrima, una a una, de rosa…” Le gustan a Luis Tamargo los derroteros de la literatura fantástica , y varios relatos discurren entre la realidad y la imaginación. Pienso en “Pobre Meri”, que es la historia de un camión que llega a ser la única fuente de la economía familiar. El conductor recoge a una muchacha que camina entre la nieve, y ella deja un rastro de su presencia sobre el asiento que había ocupado: una varita con una estrella verde.

Le interesan también al autor los avatares del mundo laboral: los despidos, las injusticias, las incomprensiones. En algunos relatos se respira el desasosiego y la sinrazón de la cotidianeidad. En “La caravana”, Tamargo consigue que la tensión acumulada en un atasco invada el ánimo del lector. El protagonista analiza su vida y siente que se parece muy poco a la que había soñado. Está dispuesto a romper con todo: “las crueles rencillas, las batallas de celos entre compañeros en su trepidante carrera por acceder a escalones  más altos; sí, olvidar aquella vorágine despiadada que le robaba la tranquilidad y, con el tiempo, lo sabía, su alma…”[…Decidido, salió del vehículo, abrió el maletín, y lo tiró contra el suelo pisoteando los papeles que no volaron. Dejó la puerta del coche abierta y, mientras se alejaba andando en dirección contraria, se desanudó la corbata y la tiró al suelo sin mirar. sin importarle donde cayera…¡Qué diantres! ¡Al diablo todo…!”  Se trata de un sueño, y yo lamento que lo sea. ¿Por qué un sueño …? El lector se queda con las ganas de una vida nueva; de un ejercicio de libertad para un hombre encasillado en la rutina.

Ascensores que no se detienen nunca en la octava planta, lugares para morir o encontrar la paz, más allá de la costa, en Los Acantilados, aunque no exista ninguna población con ese nombre; todo contribuye a la fabulación del misterio, que se engancha en el ánimo del lector como un jirón de niebla en el pico de una montaña.


                                                                                                   (Prólogo de Angelina Lamelas).

 

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