El Reino de Eidos

Silvia Gosp

Fragmento 

Lucía despertó. Un sudor frío le recorría la nuca y la espalda. Acurrucada en un rincón, abrazaba instintivamente, con fuerza, el embozo. Con los ojos desorbitados intentaba volver a la realidad. ¿Dónde estaba? Recorrió a toda prisa la estancia con la mirada: un armario con pegatinas, pósters de Shakira, un ordenador sobre un escritorio, una estantería con libros, paredes azules, cortinas amarillas a juego con el edredón… Estaba en su habitación, en su cama, pero el pánico seguía presente en su alma y la angustia continuaba paralizando sus sentidos. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué últimamente tenía aquellos sueños tan espantosos? Aterrada paseaba la mirada por toda la alcoba para alejar el desconcierto que siempre la invadía tras las pesadillas. Habían comenzado dos meses atrás, pero cada vez se repetían con más frecuencia e intensidad.

Tal y como le había aconsejado el psicólogo, abrió su diario para anotarla antes de que se le olvidara.

SUEÑO Nº 8, madrugada del lunes, 21 de octubre.

No sé dónde estoy, parece el bosque con el que he soñado las otras veces. Me encuentro en un claro, la luna se distingue con nitidez en el cielo. Veo caras y gente que va vestida de una forma muy rara, como de otra época. Hay otras mujeres conmigo, llevan faldas largas y el pelo suelto, bailamos y reímos. Sus voces me resultan familiares. Todo es bonito; estoy relajada y tranquila; de pronto, algo irrumpe en el sueño y todo es confuso. Nos persiguen unos monstruos con cuernos, corro con todas mis fuerzas, veo antorchas, los aullidos de los lobos me envuelven. Una de las mujeres que estaba conmigo cae al suelo, detengo mi carrera pero no la puedo ayudar. He de seguir corriendo para que no me pase lo mismo, pero ahora me pesan los pies y, por mucho que lo intento, no consigo avanzar. Ya llegan, me alcanzan. Siento algo que me sujeta. Es un brazo peludo, fuerte. Lo miro, su mirada no parece humana. No lo distingo bien, en mi carrera me he alejado del claro del bosque y aquí la frondosidad de los árboles me impide ver con claridad. No consigo desasirme de esa cosa, el pánico se adueña de mí. En un último intento vuelvo a mirar y distingo una barba negra, de pelos erizados. Tengo frío, mucho frío. Grito con todas mis fuerzas, unas voces me rodean cantando una especie de letanía que cada vez oigo con más pureza, cada vez más cerca. Y me despierto.

Alfredo irrumpió en la habitación, había oído el grito y la respiración agitada de su hija y sabía que otra vez las pesadillas habían roto su sueño. La encontró acurrucada escribiendo y se acercó para tranquilizarla. La abrazó.

― ¿Qué pasa, Lucía, otra pesadilla?

― Papá, es tan verídica, que me cuesta despertar y volver a la realidad. Es como si una fuerza me empujara a seguir con estos sueños.

― Tienes que recordar lo que te dijo el psicólogo. Todos los sueños tienen una explicación racional. No son más que las cosas que quedaron pendientes durante el día.

― Pero, papá, yo intento encontrar una explicación y no puedo. ¿Qué tienen que ver conmigo esos monstruos y el hecho de que me persigan?

― A lo mejor estás estresada por los exámenes y esos monstruos que sueñas los representan. Siempre has tenido mucha imaginación. Hay quien libera la ansiedad copiando; tú lo haces a través de los sueños.

― ¿Y las persecuciones?

― Quieren decir que tienes que estudiar un poco más si quieres superar las pruebas. ¿Has dicho que te cogen, no? Pues la interpretación está clara. O le echas más horas a las asignaturas o el monstruo te cogerá por sorpresa.

― Quizá tengas razón. ¡Soy tan fantaseadora!

― Además, piensa que las pesadillas no duran eternamente, te despiertas y todo ha acabado. Venga, a dormir. Verás como mañana lo ves todo de otra manera.

Alfredo abandonó la habitación tras darle un largo beso a su hija y arroparla como cuando era pequeña, cosa que él echaba de menos y que sólo le dejaba hacer cuando se despertaba angustiada. En el umbral de la puerta se volvió para contemplarla por última vez antes de abandonar la estancia: «Trece años, en apenas unos meses cumpliría los catorce, era casi una mujer.» Había sido duro criarla solo, se había dedicado a ella en cuerpo y alma desde que su madre murió, hacía ya tanto tiempo...

Como se había desvelado, se acercó a la cocina para beber algo. Se preparó un café y se sentó tranquilamente mientras su pensamiento volaba hasta Lucía. «Si tú estuvieras aquí sería todo más fácil, siempre sabías afrontar las situaciones con entereza. ¿Qué voy a hacer ahora?» Con todas sus fuerzas había deseado que su hija no se viera envuelta en aquello. Ahora no lo podría parar, por más que intentara retrasarlo con terapias psicológicas y con conversaciones tranquilizadoras. Era inevitable.

Y con estos pensamientos le venció el sueño y acabó la noche durmiendo sobre la mesa de la cocina.

Allí lo encontró Lucía cuando se levantó y fue a desayunar.

― Papá, no me digas que te has pasado el resto de la noche aquí. Pobrecito, por mi culpa. Te desvelaste,

¿verdad?

― No te preocupes, hija, ya sabes que cuanto más mayor eres menos necesitas dormir. Y tú, qué tal, ¿lograste conciliar el sueño?

― Sí, y me siento estupendamente hoy. No quiero que te preocupes por mí, ¿vale? Ya soy mayorcita, sé cuidar de mí misma. Deberías ocuparte un poco más de ti y salir a distraerte.

― Lucía, no empecemos otra vez. Ya sabes que yo disfruto mucho más con mi trabajo y contigo.

― Pero, de vez en cuando, podrías ir al cine, al teatro, a bailar...

― ¿A bailar? Con lo patoso que soy. ¿Y con quién iba a ir?

― Pues con Esther. Está coladita por ti, no hay más que ver cómo te mira.

― No digas tonterías, hija. Esther es sólo una compañera de

trabajo. Además, creo recordar que no te cae demasiado bien.

― Sí, pero a quien le tiene que caer bien es a ti, yo no cuento en eso, he madurado y lo he comprendido. Si supieras interpretar los mensajes que te lanza con la mirada. Papá, que ya es hora de que te quites esa cara de viudo. Hace muchos años que murió mamá.

― Once años y ocho meses.

― ¡Papá!

― ¿Qué quieres hija? No me veo ahora de galán ni saliendo con nadie.

― Pues deberías planteártelo. No voy a estar siempre contigo.

― Ya lo sé, hija, ya lo sé.

― Me voy, que al final llegaré tarde y Patricia estará esperándome en la esquina.

― Lucía, recuerda que pasaré a buscarte a la salida del instituto para que vayamos juntos a la reunión del «english week national».

― ¿Tenemos que discutir eso ahora? Papá… ya sabes que prefiero no ir.

― Pero si son cinco días de actividades deportivas en inglés, es una idea estupenda. Es lo que se hace en los intercambios o en las vacaciones en el extranjero; una inmersión lingüística es la única forma de aprender de verdad un idioma y ya hemos discutido muchas veces la importancia del inglés en la actualidad.

― Mi nivel de inglés es bueno.

― Un idioma extranjero nunca se domina del todo; además, no es sólo por el idioma, te vendrán bien unos días en contacto con la naturaleza y practicar algún deporte.

― Sabes que los deportes no se me dan bien.

― Razón de más.

― No quiero perder cinco días del resto de las asignaturas― atajó Lucía desafiante.

― Los otros profesores no adelantan materia, lo sabes perfectamente― contestó Alfredo pacientemente.

― Eso es lo que os dicen a los padres para que os quedéis tranquilos. Pero la realidad es que algunos no comparten esas salidas, siguen el programa y luego vamos de cabeza para ponernos al día.

― Estamos a principio de curso, Lucía. Te puedes poner al corriente en poco tiempo. Le pides a tu amiga que te pase los apuntes y listo.

Lucía sabía que cuando su padre se empeñaba en algo lo conseguía. Y no había nada que hacer. En esas ocasiones le sacaba de quicio que la tratara como si fuese una niña pequeña. Por eso, soltó lo que sabía que a su padre más le dolía:

― ¡Si mamá viviese me dejaría quedarme!

― Pero no vive ―respondió tajante Alfredo.

― Es que mis amigas no van.

― A mí eso no me importa, ya harás amigos allí cuando llegues, Lucía, ¿desde cuando ha sido problema para ti relacionarte con la gente?

― Me hacía más ilusión quedarme aquí con Patricia.

― Te estás portando como una niña pequeña. Iremos a la

reunión y luego hablaremos.

Lucía, enfadada, cogió su mochila en un arrebato y dio media vuelta en dirección a la puerta negándole a Alfredo el beso acostumbrado de despedida mientras rutaba:

― Luego hablaremos es lo que siempre dices cuando quieres eludir una respuesta. Hasta la tarde.

Alfredo se quedó sentado, abatido. ¡Que difícil era convivir con una adolescente! Clavó la mirada en la foto familiar que presidía uno de los estantes. Los ojos de su mujer, Lucía, tan parecidos a los de su hija, le recordaban que estaba solo para enfrentarse a una herencia que era cada vez más evidente y sabía que enterrar el pasado y ocultarlo no era el mejor camino para hacer crecer a los hijos.

― Mis esfuerzos han sido en vano. De nada me sirvió sacarla de aquel ambiente. Ya han empezado las pesadillas. ―se le escapó.