Alguien voló sobre el nido del cuco

Ken Kesey

Novela 

Reseñado por Litteratum

 

El “jefe” Bromden, un indio americano es el narrador de los hechos ocurridos en la institución mental donde Randle McMurphy acaba de ingresar. McMurphy, convicto por agresión y apuestas ilegales ha fingido locura para cumplir el resto de su sentencia en la tranquilidad de un hospital. Pelirrojo y fornido, hace notar de inmediato su presencia en el pabellón. Estrecha la mano de los internos y entre grandes risotadas, deja en claro sus intenciones de desplumar a quien pueda en las cartas. El hospital es atendido por un grupo de doctores, enfermeras y cuidadores, pero es la enfermera en jefe, Mildred Ratched, quien ostenta el poder en aquel sitio. La personalidad desinhibida e irresponsable de McMurphy entrará rápidamente en conflicto con el dictatorial régimen de la enfermera. Dispuesto a sacar partido de su afición por el juego, McMurphy consigue el apoyo de los pacientes para jugar al póker en una habitación apartada de la música ambiental y organiza un equipo de basketball. 

La admiración y el afecto de los pacientes por él crece exponencialmente a pesar de haber perdido su dinero y cigarrillos en todo tipo de apuestas. La guerra declarada entre McMurphy y Ratched es presenciada con deleite por los internos, algunos de los cuales comienzan a tomar partido en la contienda. Así, McMurphy consigue que el grupo vote a favor de un cambio de horario para ver el béisbol, pero la votación es anulada por la enfermera. Cuando recibe la asignación de limpiar los retretes, agradece personalmente a Ratched, asegurando que la tendrá en mente cada vez que limpie un urinal. En cuanto propone una expedición de pesca, la enfermera se apresura a pegar recortes del periódico sobre tormentas y naufragios, pero no consigue evitar que un grupo de nueve internos, incluido el jefe Bromden y el Dr. Spivey (jerárquicamente superior de la enfermera, pero en realidad, sujeto a su dominio) se apunten en la lista. McMurphy convence a George Sorensen, un paciente con temor patológico a los gérmenes, de capitanear el barco, asignación que cumple a la perfección gracias a su experiencia previa con lanchas torpederas en la segunda guerra mundial. 

Billy Bibbit, un joven tartamudo que no ha podido entablar relaciones sentimentales con el sexo opuesto parece entusiasmado con Candy, una prostituta que McMurphy ha incorporado a la expedición y el jefe Browden, quien se ha hecho pasar por sordomudo durante su larga estancia en el sanatorio, confía su secreto al corpulento presidiario. A su regreso, Ratched ordena una sesión de “limpieza especial” para los participantes de la expedición. Sus tres ayudantes alinean a los pacientes en las regaderas para espolvorearlos individualmente con desinfectante. George, cuya patología lo impulsa a evitar el contacto con el jabón y las toallas, así como a lavarse las manos continuamente en el bebedero, es víctima de una terrible angustia. El abuso de los ayudantes, despierta la indignación de McMurphy, quien apoyado por el jefe Browden, se enfrasca en una pelea a golpes con ellos. En consecuencia, ambos reciben un tratamiento de electroshock que se repite para McMurphy varias veces en la semana por negarse a “reconocer sus errores”. 

Cuando regresa al pabellón, los pacientes han elaborado un plan de escape, pero McMurphy se niega, alegando que ha prometido concertar una cita entre Billy y Candy. Para ello, consigue sobornar a Turkle, el guardia del turno nocturno. Candy, acompañada de Sandy, otra prostituta que a último momento no pudo acudir al viaje de pesca, ingresan por la ventana del pabellón portando botellas de vino y vodka, que mezclado con jarabe de tos, es repartido en vasos de papel. Turkle, apaciguado con el efecto de un porro, intercambia chistes con McMurphy mientras Billy y Candy se refugian en la privacidad de un cuarto vacío. Sólo Harding, el líder del grupo antes de la llegada de McMurphy, comprende la seriedad de la situación. Tomando la iniciativa, propone una solución: cuando los guardias lleguen, hallarán a Turkle maniatado. Todos confirmarán que McMurphy lo hizo para robarle las llaves y extraer los medicamentos antes de escapar por la ventana. El plan prevendrá el despido de Turkle, confirmará la inocencia de los demás pacientes y sacará a McMurphy del pabellón. 

Calculando que los guardias no llegarán antes de las siete, McMurphy decide aguardar una hora más, pero ninguno consigue despertar antes de que la enfermera y sus ayudantes ingresen al pabellón. Cuando Ratched descubre a Billy, comienza a sermonearlo, pero éste parece animado por las risas, aplausos y vítores de sus compañeros. Ratched, quien es amiga de la madre de Billy, sabe exactamente qué botones tocar así que expresa su preocupación ante la dificultad de comunicar la noticia a su madre. Billy, quien hasta el momento se ha expresado articuladamente, comienza a tartamudear y cae en pánico. La enfermera conduce a Billy hacia la oficina del doctor, quien poco después llega al hospital. La enfermera lo pone al corriente y cuando el doctor acude a su oficina descubre que Billy se ha rebanado el cuello. Ratchet culpa a McMurphy del suicidio y éste reacciona con violencia, desgarrando el uniforme de la enfermera y atenazando con ambas manos su cuello. Los guardias y el doctor consiguen separarlo y conducirlo al área de detención. 

McMurphy regresa al pabellón tras sufrir una lobotomía. Su cuerpo es expuesto en una camilla como una advertencia al resto de los pacientes. Por la noche, el jefe Bromden coloca una almohada sobre el inexpresivo rostro de McMurphy hasta asfixiarlo. Luego, regresa a su propia cama hasta que la voz de Scanlon, un paciente obsesionado con explosivos, le sugiere escapar. Ante el escepticismo del jefe, Scanlon le recuerda que McMurphy había intentado levantar un panel de control instalado en las regaderas. Usado para hidroterapia, el objeto, construido de acero y cemento pesa unos 180 kilos y McMurphy había apostado que podía arrojarlo contra la ventana para escapar. El jefe, quien ha recobrado la confianza en sí mismo gracias a McMurphy, levanta el panel y estrellándolo contra la malla protectora de la ventana, recupera su libertad. 

 

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