A media distancia

Luis Tamargo

Relato

 


Al movernos por el paisaje de las creaciones artísticas, siempre luchan entre sí la magnificencia de lo grandioso frente al intimismo del sentimiento. Ambos son compatibles, complementarios y necesarios.  Según los momentos  podemos preferir escuchar una sinfonía de Beethoven más que una sonata de Mozart, podemos contemplar con más deleite una Anunciación de Fra Angélico  que un óleo de Rubens, o encontrar más placer sintiendo en nuestras manos una porcelana china que acariciando un mármol del Partenón. Por razones similares, deambular por las recoletas calles de una pequeña aldea puede producirnos más satisfacción que el esplendor de un paseo por los Campos Elíseos. 

La grandeza de las catedrales góticas nos asombra y nos maravilla, pero nuestra devoción no se mueve por sus dimensiones. El intimismo religioso  encuentra mejor acogida en una humilde iglesia mozárabe, en una pequeña capilla. De la misma manera que el barroco sonido de un órgano que hace vibrar una fuga de Juan Sebastián Bach, no tiene porqué ser superior al chisporroteo de una vela bajo un pequeño icono bizantino. La belleza de las cosas no depende de su tamaño, sino del sentimiento que genera en quienes las contemplan.

Existen creadores que deslumbran por su exuberancia, por la genialidad de su lenguaje. Los versos de Calderón no pueden compararse con la sencillez de Gutiérrez de Cetina, ni Corneille con Verlaine, ni Shakespeare con Oscar Wilde o Goethe con Rilke. Junto a los autores que nos sobrecogen, abrumados por su grandeza en un síndrome de Stendhal que nos inmoviliza. Pero también existen los  maestros del intimismo, aquellos que hilvanan experiencias personales y las trasfieren de tal forma que al acabar su lectura, te inunda una sensación de bienestar o inquietud que te unen fuertemente al autor.

De igual forma, existen músicos que embargan el ánimo en la grandeza sonora de hermosas composiciones orquestadas y otros que sólo precisan de las delicadas notas de un piano, o el intimismo de un grupo de cámara para transmitir el inmenso lirismo de su obra. No se requiere un gran coro para trasmitir la belleza de un canto, a veces son más sugerentes unas voces “ a capella”. ¿Quién nos llega mejor al corazón, “Carmina Burana” de Orff o el “Ave María ” de Schubert  ?.

Luis Tamargo describe con sencillez un mundo de pequeños cuadros en prosa, donde el lirismo se confunde con la descripción naturalista, con la sugerencia de un lenguaje evocador, con la vivencia personal que trasmite en muchos de sus relatos . La obra de Luis Tamargo posee matices de “literatura pictórica”, donde  las sombras, los matices, los claroscuros de sus narraciones nos recuerdan  las brumas marítimas de Turner. Su mundo de ensueños nos aproxima, en ocasiones,  al sorprendente  René Margritte, sin que distingamos bien si la luz o la noche dominan el cuadro. Pero donde sentiremos más próximo el hálito de Tamargo será con la obra de un pintor americano, Edward Hopper, auténtico genio de la nostalgia, la sencillez y la soledad. Cuando se contemplan sus escenas urbanas o el intimismo de sus habitaciones, nos invade una atmósfera de sencillez y auténtica realidad envuelta en poesía.

En esa mezcla de Margritte, de Hopper, de Fra Angelico, de Rilke, de Chopin, de los anónimos canteros mozárabes, de la sencillez de una fila de chopos a la vera de un riachuelo, se mueve Luis Tamargo.

Pleno de metáforas originalísimas, -- “ojos inertes de madera vieja”-- , con descripciones oníricas donde la imaginación y el ensueño se confunden en dentro de una inquietante niebla poética -- “tenue sombra en un laberinto de misterios presentidos”--,  de desconcertantes sueños con evocaciones kafkianas –“Algo habrá hecho”, “Callejón perdido” --, de inquietantes vivencias kafkianas – “Vecinos lejanos”—o de íntimos deseos – “Siempre amigos”—la prosa de Luis Tamargo se desliza suave para sugerir múltiples sensaciones al lector. En ellas  la descripción de un mundo de vivencias íntimas, de velados temores,  se entrecruza con  la realidad vivida, con el ensueño anhelado, y la amargura de las experiencias personales se sublima en la poesía de los sentimientos sencillos. 

Así escribe Luis Tamargo. A muchos nos gustaría sentir como él.


(Prólogo de Javier Domenech).


 

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